“¿Mamá, sabes que hay una fiesta para
Halloween? Es en casa de los Hernández.”
“¿Quien, Andrea?”
“No mama, es
una niña de doceavo… Bárbara”
“Bueno habla
con tu padre.”
Pues no era
una respuesta negatoria, pero tendría que sobrepasar la interrogación de mi
padre. Un obstáculo que era casi imposible de superar, y terminaría en enojo o
en lágrimas (o en una combinación.)
“¿Cuánta gente va?”
Como 250. “Como 100.”
“¿Van a ver niños?”
No papa, va ser una pijamada de solo chicas. “Si, creo.”
“Me imagino
que hay seguridad, ¿o no?” Esto fue
el requisito más importante.
“Claro,
papá, o si no llega una cantidad de gente desconocida.”
“¿A qué hora te recojo?”
“Este…” Espera… ¿me acabo de decir que si?
Tal fue como
empecé a emocionarme para la fiesta de Halloween, lo cual de acuerdo con la
página de Facebook, tenía el potencial de ser “épico”.
Como iba a
saber yo que dos semanas después, una noticia me iba a parecer como el fin del
mundo cuando era casi un milagro. Una semana antes de la bendita fiesta me
dijeron que para celebrar el cumpleaños
de mi abuelo, iríamos a Aruba para encontrarnos con toda mi familia.
Obviamente
no fue una decisión bastante triste o sumamente
profunda, pero como adolescente, soy recipiente de un cierto número de
situaciones en donde puedo comportarme como una imbécil egoísta. Tal situación
fue un ejemplo.
Por lo
tanto, después de mucho lloriqueo y quejas me conforme con ser la persona más
pesada cuando estuvieran hablando del viaje, como mi forma personal de
vengarme. Mis padres me llamaban comodona, pero no podía superar que no iba a
poder ir a la fiesta. Tampoco podía ver lo especial que era la oportunidad que
me estaban presentando. Un chance para estar con la gran mayoría de mi familia,
incluyendo a mis hermanos, es una lujuria fantástica.
Yo pensaba
que no era justo tener que llevarme a un paraíso tropical por 4 días, para
poder celebrar el cumpleaños de mi abuelo de ochenta años y poder reunir a mi
familia quienes se han dispersado alrededor del mundo. El sarcasmo en mi voz
debería ser casi exagerado, ya que al pensar que seriamente pensé que una
fiesta era más importante que mi abuelo es un hecho horripilante. Es más, me
acuerdo nítidamente que mi abuela me agradeció que hubiera hecho el esfuerzo de
dejar mis planes para ir al viaje. Siendo engreída, egoísta y malcriada, mi
familia todavía no puede encontrar algún defecto con mis acciones y me
perdonaron instantáneamente. Eso no se encuentra en una fiesta casual de
Halloween.